Fue en ese momento cuando Isabella sintió el cansancio calarle los huesos. Sus piernas flaqueaban mientras se sentaba en la estera, sin preocuparse por las formalidades.
Llevaba mucho tiempo sin hacer un viaje tan apresurado y estaba realmente agotada.
El Rey Benito, al verla así, sonrió, mostrando sus dientes blancos.
—¿Estás agotada? ¿Cuántos días has tardado en llegar?
—En total cinco amaneceres —respondió Isabella, respirando suavemente. —Yo estoy bien, pero Relámpago, mi caballo está comple