El Rey Benito seguía pensando que los tiempos de su infancia eran mejores. En ese entonces, su hermano mayor hablaba con él sin reservas; cualquier consejo lo daba directamente, sin rodeos.
Rafael, su mayordomo, recordó algo y lo mencionó:
—Su Majestad ha decretado que la consorte madre se alojará en la mansión dentro de unos días. Ya hemos limpiado el jardin y preparado los muebles que ella pidió personalmente. Todo ha costado treinta mil reales de plata.
Benito se malhumoro.
—¿Treinta mil real