Cuando le tocó a Sergio, se sacó una caja de terciopelo rojo de su bolsillo, que era un poco pesada, pensé que eran joyas e instintivamente no quise aceptarla.
Pero debía abrirla delante de todos, y no era ninguna joya, sino un retrato mío.
En el retrato, me senté en los escalones con una gran mochila, mirando algo, y la luz en mis ojos estaba llena de felicidad.
La figura era antes de que yo cumpliera dieciocho años, y lo que estaba viendo debía ser a él jugando al baloncesto en la cancha.