El mensaje llegó justo después del atardecer.
Habíamos pasado toda la tarde alternando entre estrategia y silencio, entre pantallas y cálculos susurrados, fingiendo que productividad equivalía a progreso. Las luces de la casa segura estaban tenues, las cortinas cerradas. Cada sonido parecía amplificado: el zumbido de los aparatos electrónicos, el leve roce de la silla de Ace al moverse, el ritmo de mi propia respiración que se negaba a normalizarse.
Mi teléfono vibró contra la mesa de centro.
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