Eilís parecía listo para partirla en dos; su postura era una línea rota de violencia contenida. Yo me sentía como un pájaro clavado a un tablero, sin tener la menor idea de cómo defenderme.
Cada palabra que se formaba en mi garganta se sentía como una trampa. Si hablaba con demasiada suavidad, parecería débil, pero si hablaba con demasiada firmeza, mi voz traicionaría el secreto que llevaba bajo el corsé.
¿Qué podía decir en esta situación? No tenía pruebas. Era mi palabra contra la de una loba