Arthur giró el rostro hacia mí, sus ojos oscuros brillando de pura diversión y admiración.
— ¿"Niñera"? ¿En serio, Elena?
— Pues sí, es la verdad. Es mi trabajo.
— Eres mucho más que eso. Lo sabes.
— Lo sé. Pero una mujer frívola como esa no necesita saber de mi vida.
Arthur soltó una carcajada baja y movió la cabeza.
— Eres absolutamente peligrosa, muchacha.
— Y te encanta.
— Me encanta. Cada segundo.
Cogió mi mano de nuevo, besando mis nudillos. El resto de la cena siguió impecable. La comida