— Bonjour, ma chérie — dijo Doña Marguerite, soltando a Leo y agachándose con una gracia increíble hasta quedar a la altura de los ojos de Lara. — Estás tan grande y tan guapa, mi querida.
Lara no respondió con palabras, pero le dedicó una sonrisa enorme. Una de esas sonrisas raras y genuinas que hacían que el pecho de cualquiera se derritiera.
Y fue exactamente en ese momento cuando los ojos de la anciana se volvieron hacia mí.
Los ojos azules de Doña Marguerite — extremadamente vivos, afilado