El primer signo de que algo estaba mal no llegó como una alarma fuerte ni como un ataque repentino, sino como una sensación silenciosa que se asentó profundamente en el pecho de cada guerrero que se encontraba en la frontera de Silvercrest.
Era el tipo de sensación que hacía que el aire pareciera más pesado y el bosque demasiado quieto, como si algo estuviera observando desde más allá de la vista y esperando el momento adecuado para moverse.
Un grupo de guerreros de patrulla de Silvercrest avan