Los ojos de Gabriel estaban enrojecidos. Su barbilla estaba cubierta de brotes inflamados. Incluso la punta de su nariz se veía inusualmente roja y seca.
Todas eran señales claras de exceso de calor.
Pero Gabriel ya estaba convencido de que se estaba muriendo de cáncer.
Su rostro perdió el color mientras preguntaba con voz vacía: —Señorita Rogers… ¿cuánto tiempo me queda?—
Allison no supo qué decir.
Gabriel miró al techo, con la voz baja y cargada de tristeza. —Si muero, no habrá nadie que here