Capítulo Diez

La llamada llegó a las cuatro y media de la tarde.

Elara estaba en la pequeña sala de lectura de la planta baja de la finca, un lugar que había adoptado silenciosamente durante los últimos tres días porque tenía estanterías que se extendían del suelo al techo, un asiento junto a la ventana lo bastante ancho para sentarse de lado y una luz vespertina que entraba con un ángulo tan preciso que parecía intencionado.

Además, tenía una rutina de vitaminas prenatales que mantener y una pila de informe
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