Él llamó un domingo por la mañana.
Ella estaba en la isla de la cocina con su segunda taza de té y los documentos de la junta de Gebrano que había estado postergando revisar, envuelta en la tranquilidad particular y fluida de un domingo en la finca cuando no había nada operativamente urgente que exigiera su tiempo.
Vio su nombre en la pantalla antes de registrar la llamada.
Respondió.
—Quiero hablar contigo sobre Alessandro —dijo él, sin preámbulos.
Dejó a un lado los documentos de la junta. —E