Dormir se había convertido en un lujo que ya no podía permitirme. Cada vez que cerraba los ojos, veía los rostros de los lobos que habían sido masacrados en la aldea fronteriza, y cada vez que los abría, otro problema exigía mi atención. Nada de aquello tenía sentido, y había aprendido hacía mucho tiempo que cuando demasiadas piezas se negaban a encajar, el peor error que un Alfa podía cometer era apresurarse hacia una respuesta.
Antes de que los primeros rayos de sol llegaran a la sala del con