Un escalofrío recorrió la piel de Cathleen, cada oleada un agudo recordatorio de la traición de su cuerpo. Se acurrucó aún más bajo las sábanas, ansiando calor en sus extremidades, pero la fiebre que la había dominado se negaba a ceder. Con los ojos pesados por el sueño no dormido, yacía en la oscuridad, acurrucada entre las cuatro paredes que parecían apretarse más con cada respiración forzada.
La maldita noche resonaba con los malditos sonidos de la traición. Los gritos desgarradores de Oli