Melly.
—Ian... —pronuncio con una sonrisa sonrojada seguramente por el evidente piropo—. Tú no deberías estar allí de pie frente a tu lujoso auto deportivo con esa ropa tan ajustada y esos ojos azules perfectamente...
Muerdo mi lengua cuando me doy cuenta que he caminado hasta él como si su imán me atrajera, y me detengo.
Suspiro. Control, Mellyanna, control.
—Ay vamos, cochina, desvísteme adentro del auto, no afuera.
Admito que río, pero de los nervios. Porque aunque sé que lo dice jugando