— Eva no tienes que hacer esto, no te arrodilles, por favor, no se lo voy a decir a nadie— le aseguró levantándola del suelo.
Le partía el alma ver sus rodillas sangrantes y en carne viva, contra el suelo duro y su cara de evidente agonía.
Cualquiera se lo pensaría dos veces antes de guardar un secreto tan peligroso, o se cuestionaría lo que Eva le estaba diciendo, todo parecía tan irreal, pero Helen le creía totalmente.
Algo dentro de ella le hacía creerle y hacer hasta lo imposible por ayudar