—Oye—, digo con cautela, medio preparado para otra dramática escena de acusación.
—Hola. — Daisy se pone de pie. No lleva maquillaje, tiene manchas moradas debajo de los ojos y está vestida con lo que solíamos llamar —ropa para revolcarse—: sudaderas, calcetines y sandalias. No es la Daisy de Instagram a la que estoy acostumbrada, es la hermana pequeña que solía encontrar acurrucada en mi habitación queriendo todos los chismes de la escuela.
—No lo besé—, le digo. No para la primera vez. —Él me