No duermo mucho, extrañamente consciente de que Sebastián está tirado en el suelo junto a mi cama. Puedo escuchar cada respiración y cada leve ronquido, y es imposible quedarme dormida sabiendo que él está ahí.
Con esos pantalones deportivos grises.
Una vez que el sol de la mañana comienza a colarse por las cortinas, me rindo, me levanto de la cama y bajo las escaleras. Mi mamá ya está sentada a la mesa del comedor, envuelta en la bata azul aciano que usa desde que yo era niña.
—Te levantaste t