LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO
LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO
Por: Paulina W
Capítulo 1: El Encuentro.

Capítulo 1: El Encuentro.

"Doscientos mil dólares o muere".

​El ultimátum del médico seguía martilleando en su cabeza mientras Daisy acariciaba la mano fría de su madre en la habitación 417. Las maquinas era lo único que mantenía la esperanza con vida, pero el tiempo se agotaba con cada pitido.

Dos días.

Solo tenía dos días para vender su alma, su libertad o lo que hiciera falta para que su madre siguiera viviendo.

El dinero del divorcio de sus padres se había evaporado entre diálisis, fármacos y promesas médicas que siempre exigían un poco más. Ya no quedaba nada, excepto una persona y Daisy odiaba que el destino fuera tan cruel.

Sin embargo, marcó el número con los dedos entumecidos por el frío de Chicago.

—¿Qué quieres ahora? —la voz de Richard Town, su padre, sonó impaciente, cargada de una molestia que la trataba como una interrupción irrelevante y no como su propia hija.

Daisy cerró los ojos, buscando aire.

—Mamá necesita un trasplante.

—No empieces con tus exageraciones…

—No estoy exagerando —su voz se quebró apenas, pero la sostuvo con firmeza—. Son doscientos mil dólares, los necesito en dos días.

Richard exhaló un suspiro de fastidio que fue como una bofetada.

—¿Y esperas que yo simplemente te los dé?

—No —respondió ella, apretando el teléfono contra el oído—. Espero que hagas lo mínimo como padre, además se trata de la mujer que te ayudó a estar donde estás, ¿no?

Al otro lado se escuchó un leve movimiento de fondo; Richard bajó el tono, repentinamente cauteloso.

—Ven a la oficina y no hagas una escena.

Daisy colgó. No quería ir, pero el orgullo era un lujo que ya no podía costear.

El edificio de Town Holdings era un templo de cristal brillante y suelos pulidos. Al entrar, sintió que su ropa sencilla gritaba pobreza entre aquellos trajes impecables. La recepcionista la hizo esperar treinta minutos; treinta minutos que se le clavaron en el pecho como agujas, pero cuando las puertas del despacho principal por fin se abrieron, se puso de pie de un salto.

—¡Richard!

El impacto fue seco.

Chocó contra un cuerpo firme y retrocedió por la inercia; al levantar la vista, el aire se le escapó de los pulmones.

El hombre frente a ella era alto e imponente.

Llevaba un traje oscuro que se ajustaba a unos hombros anchos y una postura tan recta que parecía no solo ocupar el espacio, sino dominarlo. Pero no fue su físico lo que la estremeció, sino sus ojos: grises, fríos e inteligentes que la atravesaron.

No la miraba con desprecio ni con lástima, sino con interés, como si la estuviera analizando. Daisy sintió el impulso de retroceder, pero se obligó a sostenerle la mirada; no podía permitirse parecer débil. No en ese momento, ni allí.

—¡Qué demonios! —la voz de Richard estalló y la agarró del brazo con fuerza—. Mira por dónde caminas…

—Suéltame —espetó Daisy sin bajar la cabeza.

—Compórtate —masculló él, furioso—. No arruines esto.

El hombre con el que había chocado, no pronunció palabra, pero su mirada descendió lentamente hacia la mano que apretaba el brazo de Daisy y, ante esa mirada fría, Richard la soltó al instante, visiblemente incómodo.

—Señor Roth, le pido disculpas. Mi hija es… impulsiva. No sabe comportarse —añadió Richard con verguenza en la voz—, no tiene el más mínimo gesto de educación y menos con alguien como usted.

Daisy sintió el calor de la humillación subirle por el cuello.

«No sabe comportarse».

Esas palabras la atravesaron y por un segundo volvió a tener seis años, y se vio esperando en la puerta de la escuela a un padre que nunca regresó, a uno que jamás fue a su cumpleaños o a un día del niño, a ese que no estuvo cuando su madre fue diagnosticada con deficiencia renal. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero rápidamente se obligó a sacudirse el recuerdo.

No iba a llorar frente a Richard, y mucho menos frente a ese extraño que la observaba como si pudiera leer cada una de sus grietas.

—Mi madre se está muriendo —fue al grano, esta vez dirigiéndose directamente al hombre que claramente era importante a ojos de su padre—. Necesita un trasplante… y…

—No involucres a terceros —advirtió Richard entre dientes.

—¿Cuánto? —preguntó el hombre.

Su voz fue baja y controlada, pero cambió la densidad del aire en la oficina y Richard intentó forzar una sonrisa diplomática.

—Es un asunto familiar, señor Roth.

—He hecho una pregunta —insistió y el silencio cayó sobre ellos como una losa de mármol. Daisy sintió el peso de esa mirada gris. No era suave, pero tampoco cruel; era pura intensidad.

—Doscientos mil dólares —respondió ella—. En dos días.

Él notó el leve temblor en sus manos y la tensión en su mandíbula y supo que su orgullo estaba librando una batalla perdida contra la desesperación. No era una oportunista; era alguien acorralado y eso en su mundo suponía una ventaja.

Richard se aclaró la garganta, tratando de recuperar el control.

—Veré qué puedo hacer.

—No necesito que "veas" —lo cortó Daisy a punto de explotar de indignación—. Necesito que actúes, se trata de mi madre…

El hombre observó la escena en un silencio sepulcral y sacó sus propias conclusiones: el padre avergonzado, la hija herida y el dinero utilizado como un arma. Algo se movió en su interior; no era lástima por supuesto, él no sentía eso, era algo mucho más pragmático: interés.

En eso las puertas del ascensor se abrieron detrás de él y Richard extendió la mano esperando un saludo, pero él lo dejó con la mano extendida.

—Señor Town, hablaremos mañana —sentenció, antes de entrar en la cabina sin apartar la vista de Daisy hasta el último segundo y mientras las puertas se cerraban, el reflejo metálico le devolvió su imagen y la vista de unos ojos verdes llenos de fuego y necesidad.

Una vez que el ascensor comenzó a bajar, le ordenó a su asistente:

—Bloquea todos los movimientos de Richard con mis empresas.

El asistente asintió, aunque no pudo evitar preguntar:

—¿Incluso este ultimo trato, señor?

Recordó la voz de Daisy, su desesperación y sonrió.

—No, ese... dejalo por ahora.

Hubo una pausa breve y el asistente anotó en su iPad, pero antes de salir del ascensor, su jefe añadió con una frialdad absoluta.

—Y prepárame un contrato, acabo de encontrar a la mujer que estaba buscando.

Cassian Roth sabía que la desesperación era una herramienta peligrosa, y él acababa de encontrar algo mucho más fascinante que cualquier acuerdo financiero. Daisy aún no lo sabía, pero su mundo estaba a punto de cambiar y no sería por caridad, sino por una decisión de la que no habría vuelta atrás.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP