Mundo ficciónIniciar sesión
—Quiero que seduzcas a un hombre en específico.
—¿Sedu... seducir? ¿Está demente? No soy una prostituta. Lo que pasó anoche entre nosotros...
—No te pido que te acuestes con él, solo que lo enamores y lo tengas comiendo de tu mano —la cortó Cassian con una frialdad implacable—. Que te hagas indispensable.
—¡¿Es que no se dio cuenta?! —bufó ella con una risa amarga—. ¡Era virgen hasta que usted me la quitó hace unas horas! ¿Cómo diablos voy a saber cómo convencer a alguien?
Cassian se acercó con paso depredador, atrapando su mirada.
—Yo te enseñaré —susurró—. Te haré una mujer que ponga a cualquier hombre a sus pies. Solo harás lo que yo te diga, cuando yo te lo diga.
Daisy sintió un nudo de impotencia en la garganta. Él no buscaba una empleada; buscaba un arma, y ella era el calibre perfecto.
—Estás loco. ¿Qué gano yo con este teatro?
—La cirugía de tu madre, sus medicamentos de por vida, dinero y la casa que elijas —Cassian miró su reloj con indiferencia—. El riñón de tu madre espera mi llamada. Así que dime, dulce Daisy... ¿Aceptas venderle tu alma al diablo, o la dejas morir?
(....)
24 horas antes…
Hospital Público de Chicago.
—Son doscientos mil dólares, señorita Daisy. O consigue el dinero en dos días para el trasplante, o su madre va a morir.
Las palabras del médico seguían martilleando en su cabeza mientras Daisy acariciaba la mano fría de su madre en la habitación 417. Solo tenía dos días para encontrar ese dinero, y vendería lo que hiciera falta, incluido su orgullo. Por eso, marcó el número de la única persona que le quedaba, tragándose el odio.
—¿Qué quieres ahora? —la voz de Richard Town, su padre, sonó impaciente del otro lado.
Daisy cerró los ojos, buscando aire.
—Mamá necesita un trasplante.
—No empieces con tus exageraciones… ya les di suficiente dinero…
—No estoy exagerando. Son doscientos mil dólares y los necesito en dos días.
Richard exhaló un suspiro de fastidio, pensó que después de darle esa cantidad por la separación, no volverían a molestarlo en su nueva vida.
—¿Y esperas que yo simplemente te los dé? ¿Tengo cara de banco?
Daisy contuvo las ganas de colgar, porque así funcionaba cuando se estaba en desventaja, tenías que tragarte tu orgullo con tal de salvar a la persona que amas.
—No —respondió ella, apretando el teléfono contra el oído—. Pero espero que hagas lo mínimo como padre, además se trata de la mujer que te ayudó a estar donde estás, ¿no?
Al otro lado se escuchó un leve movimiento de fondo; Richard bajó el tono, volviéndose repentinamente cauteloso.
—Ven a la oficina y no hagas una escena.
Daisy colgó.
No quería ir, pero el orgullo era un lujo que ya no podía costear.
El edificio de Town Holdings era un templo de cristal brillante y suelos pulidos. Al entrar, sintió que su ropa sencilla gritaba pobreza entre aquellos trajes impecables. La secretaria la hizo esperar treinta minutos; treinta minutos que se le clavaron en el pecho como agujas, pero cuando las puertas del despacho principal por fin se abrieron, se puso de pie de un salto y corrió.
—¡Richard!
El impacto fue seco.
Chocó contra un cuerpo firme y retrocedió por la inercia; al levantar la vista, el aire se le escapó de los pulmones, el hombre frente a ella era alto e imponente.
Llevaba un traje oscuro que se ajustaba a unos hombros anchos y una postura tan recta que parecía no solo ocupar el espacio, sino dominarlo. Pero no fue su físico lo que la estremeció, sino sus ojos: grises, fríos e inteligentes que la atravesaron.
—¡Qué demonios! —la voz de Richard estalló y la agarró del brazo con fuerza—. Mira por dónde caminas…
—Suéltame —espetó Daisy sin bajar la cabeza.
—Compórtate —masculló él, furioso—. No arruines esto.
El hombre con el que había chocado, no pronunció palabra, pero su mirada descendió lentamente hacia la mano que apretaba el brazo de Daisy y, ante esa mirada fría, Richard la soltó al instante, visiblemente incómodo.
—Señor Roth, le pido disculpas. Mi hija es… impulsiva. No sabe comportarse —añadió Richard con vergüenza en la voz—, no tiene el más mínimo gesto de educación y menos con alguien como usted.
Daisy sintió el calor de la humillación subirle por el cuello.
«No sabe comportarse».
Esas palabras la atravesaron y por un segundo volvió a tener seis años, y se vio esperando en la puerta de la escuela a un padre que nunca regresó. Pero aunque aún le doliera, no iba a llorar frente a Richard, y mucho menos frente a ese extraño que la observaba como si pudiera leer cada una de sus grietas.
—Mi madre se está muriendo —fue al grano, esta vez dirigiéndose directamente al hombre que claramente era importante a ojos de su padre—. Necesita un trasplante… y…
—No involucres a terceros —advirtió Richard entre dientes.
—¿Cuánto? —preguntó el hombre.
Su voz fue baja y controlada, pero cambió la densidad del aire en la oficina y Richard intentó forzar una sonrisa diplomática.
—Es un asunto familiar, señor Roth.
—He hecho una pregunta —insistió.
—Doscientos mil dólares —respondió ella—. En dos días.
Él notó el leve temblor en sus manos, la tensión en su mandíbula y supo que su orgullo estaba librando una batalla perdida contra la desesperación. No era una oportunista; era alguien acorralado y eso en su mundo suponía una ventaja.
Richard se aclaró la garganta, tratando de recuperar el control de la situación.
—Veré qué puedo hacer, Daisy… ahora…
—No necesito que "veas" —lo cortó ella a punto de explotar de indignación—. Necesito que actúes, ¡se trata de mi madre!
El hombre siguió observando la escena y sacó sus propias conclusiones: un mal padre avergonzado, una hija herida y la necesidad de dinero.
Algo se movió en su interior; no era lástima por supuesto, él no sentía eso, era algo mucho más pragmático: interés.
En eso las puertas del ascensor se abrieron y Richard extendió la mano esperando un saludo, pero él lo dejó con la mano extendida.
—Señor Town, hablaremos mañana —sentenció, antes de entrar en la cabina sin apartar la vista de Daisy y mientras las puertas se cerraban, se perdió en esos ojos verdes llenos de fuego y necesidad.
Una necesidad que él usaría a su favor.
Una vez que el ascensor comenzó a bajar, le ordenó a su asistente.
—Bloquea todos los movimientos de Richard con mis empresas.
El asistente asintió, aunque no pudo evitar preguntar.
—¿Incluso este último trato, señor?
Recordó la voz de Daisy, su desesperación y sonrió.
—No, ese... déjalo por ahora.
Hubo una pausa breve y el asistente anotó en su iPad, pero antes de salir del ascensor, su jefe añadió con una frialdad absoluta.
—Y prepárame un contrato, acabo de encontrar a la mujer que estaba buscando para mi plan.







