Esto fue una prueba de fuego para mí, no tienen idea de lo que me costó evitar tener una erección mientras mi mujer me tocaba, cada roce de sus malditas manos, en mi pecho, me estaban llevando el borde de la locura. Ella, por el contrario, estaba muy relajada, como si estuviese acostumbrada a hacer este tipo de cosas todos los días. A mí se me hizo eterno, solo le pedía a Dios que las horas pasaran rápido para que esta tortura terminara. Pero él parecía no escucharme porque cada minuto parecían