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En el Inframundo, los recuerdos no son tuyos para guardar; son armas que otros pueden usar contra ti.

La celda de hueso se disolvió alrededor de Adriana como niebla quemándose bajo un sol que no existía en este lugar, y cuando la realidad se solidificó de nuevo, se encontró de pie en un espacio que era demasiado vasto para tener límites visibles y demasiado claustrofóbico para sentirse como algo que no fuera una trampa. Las paredes—si podían llamarse paredes—eran superficies reflectantes que brillaban con una luz grisácea enfermiza, y en cada una de ellas podía ver imágenes moviéndose, parpadeando, reproduciéndose en bucles infinitos como pesadillas atr

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