Y por cada vez que Natalia hablaba de esa manera, el odio en el corazón de Amelia crecía y crecía.
—Deberíamos dejar descansar a Natalia, ¿por qué no vienes conmigo, Amelia? Hay unas cosas que tengo que hablar contigo.
— ¡Sí, por supuesto, voy para allá!
En esa semana, ellos no habían hecho más que ocuparse de Natalia, ocuparse del asunto de la empresa, Santiago con tantas cosas en la cabeza pues Tatiana había sido encerrada en un hospital psiquiátrico.
Juntos bajaron hasta el despacho.
Al mome