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—¡Alto, alto! ¡No se muevan! ¡Todos al suelo! —exclamaban los agentes en medio de un confuso torbellino de personas que corrían como gallinas en todas direcciones, llorando y lanzando alaridos demenciales.

Los agentes corrían disparando tras los miembros del culto. Algunos eran atrapados y sometidos en el suelo, inmovilizados por rodillas sobre sus cuellos, otros se arrojaban del risco implorando compasión a Arimarath —Lisa fue una de las primeras—, otros se echaban a andar hacia el bosque de pinos y otros caían al suelo, heridos por disparos en las extremidades. La sangre chorreaba roja y espesa por sus hasta ese momento, impecables túnicas beige, mientras se apretaban las heridas con fuerza, en medio de horrorosos chillidos de dolor. Yo contemplaba alelada aquella escena, como si se tratara de una película en slow motion proyectada en una siniestra función: el c

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