Mundo ficciónIniciar sesiónSexiola y Damien estaban sentados frente a frente. Damien tomó una toalla y se la entregó.
—Sécate el cabello. —Sigo sin tener el menor interés en tu ridícula propuesta —replicó ella. Su despreciable ex novio y el tío de este, un hombre que la hechizaba… Una combinación capaz de agotar por completo su paciencia. ¿Acaso creía que era tan fácil de manipular?! Acababa de ser humillada por Axelion, y ahora Damien Vance seguía insistiendo. Cada vez que se cruzaba con la mirada de Damien, su pecho se agitaba con fuerza y la sangre le ardía en las venas. Debía alejarse de inmediato de la presencia de aquel hombre. —No tomes una decisión tan precipitada —Damien soltó una risa baja y profunda. —Puedes buscar a otra mujer. Estoy segura de que hay muchas que suplicarían por tu atención —respondió ella sin volver la vista. —No lo dudo —replicó Damien con su habitual porte altivo. Y Sexiola debía admitir que esa arrogancia solo lo hacía aún más atractivo. —Tu problema está resuelto. Solo tienes que elegir entre miles de mujeres. —Me interesa más la chica que se entregó a mí con tanta pasión anoche —respondió él con aparente indiferencia. Los ojos de Sexiola se abrieron de par en par. Su rostro se encendió al instante con un intenso rubor. —¿Le parece apropiado hablar así, señor Damien? Damien sonrió levemente, una sonrisa peligrosa y sumamente inusual. Se puso de pie y deslizó algo entre los dedos de ella. —Llámame pronto. —¡No cambiaré de opinión! Una elegante tarjeta de visita negra quedó en la mano de Sexiola. La observó y luego miró la espalda de Damien mientras se alejaba. Debió haberla arrojado, pero en su lugar la guardó con esmero. El miércoles al mediodía, en un desolado pasillo exterior del campus, Axelion, cada vez más desesperado por la fecha límite de la apuesta de doscientos mil dólares, le cortó el paso a Sexiola. Tenía el rostro encendido por la frustración mientras la sujetaba con rudeza por los hombros. —¿Te estás burlando de mí evitándome a propósito? —bramó Axelion con furia—. ¿Crees que puedes librarte de mí tan fácilmente? —¡Suéltame, Axel! ¡Estamos terminados! —luchó ella por zafarse. —¿Terminados? —Axelion soltó una risa burlona. Arrastrado por la emoción, la empujó hasta que su espalda chocó contra la pared—. No me gusta escuchar eso de tu boca, cariño —sus dedos rozaron suavemente la mejilla de ella—. Eres mía. No tienes derecho a decirme semejante cosa. Sexiola lo sostuvo la mirada con firmeza. —¡No puedes darme órdenes! —No te atrevas a contrariarme, o revocaré tu beca hoy mismo —Axelion se rió al ver la expresión de asombro de ella. Sexiola sabía que no hablaba en broma. Aquella universidad, la más prestigiosa de la ciudad, pertenecía a la familia de Axelion. —No puedes hacer eso. —Sí puedo, cariño, claro que puedo. Así que, obedece. Sexiola sentía asco. Axelion no tenía límites cuando se trataba de hacerle la vida imposible. Axelion se acercó más, inclinándose para susurrar con malicia: —El lunes por la noche, reúnete conmigo en el hotel. Calienta mi cama, cariño. Sin el menor rastro de humanidad, apretó con rudeza su pecho. Sexiola estaba a punto de abofetearlo. Entonces, la propuesta de Damien resonó de nuevo en su mente. Apretó los puños y se contuvo. Sí, responder con violencia no le daría resultado. Sexiola respiró hondo y esbozó su mejor sonrisa. Axelion se quedó perplejo un instante. —Tienes razón —Sexiola alzó la mano y acarició suavemente la mejilla de aquel hombre a quien tanto deseaba abofetear—. Necesitamos tiempo a solas. Para aclarar este malentendido. Creo que vernos en un hotel o en la villa no es mala idea, Axel. —Se puso de puntillas y besó su mejilla—. Dime dónde exactamente nos veremos para divertirnos. Axelion soltó una risa satisfecha. —Así me gusta, cariño. Sabía que me amabas. Sexiola sonrió con intención. En cuanto Axelion se alejó, su sonrisa desapareció por completo. —Ríete mientras puedas, Axelion. Ya veremos quién termina humillado. Sin detenerse a pensarlo, sacó de su bolso el teléfono y aquella tarjeta negra. Sus dedos temblaban al marcar el número. La llamada fue atendida tras el segundo tono. —Dime, niña. Con solo escuchar aquella voz de barítono, el corazón de Sexiola latía desbocado, rugiendo como un motor de caballos. —Respecto a esa propuesta de matrimonio por contrato… —Apretó el teléfono con fuerza, tomando al fin su decisión—. La acepto.






