Mundo de ficçãoIniciar sessão
—Llego en una hora a tu casa.
—Está bien, te espero aquí.
—¿Seguro que no te importa que me quede en tu casa? No quiero que tengas problemas con...
—Está bien, no te preocupes —respondió él con seguridad—. Voy a estar solo un mes; ya veremos cómo le hacemos. Lo más importante ahora es tu tranquilidad.
—Gracias, no sé qué haría sin ti.
—Ya, ya, soy lo máximo; luego me lo agradeces. Cuando estés abajo me llamas.
—Está bien, nos vemos.
Una pequeña sonrisa es lo que le regalo a la pantalla de mi celular al colgar. El brillo del dispositivo es lo único que ilumina mi rostro en medio de la incertidumbre.
En cuestión de minutos me encuentro frente a la imponente fachada del lujoso edificio. El cristal y el acero brillan bajo las luces de la ciudad, proyectando una imagen de poder que me intimida un poco. El taxista me ayuda a bajar las dos únicas maletas que me acompañan, testigos silenciosos de mi huida. Me cuelgo la cartera al hombro y me dirijo con paso vacilante hacia la entrada para llamar a mi amigo.
Lucho un poco por atravesar las pesadas puertas de vidrio templado que parecen separar dos mundos distintos. En el vestíbulo, el aire huele a perfume caro y limpieza impecable. Hay una chica rubia en la recepción, sentada tras un mostrador de mármol pulido; me acerco para darle las buenas noches y pedirle que me anuncie.
—Lo siento, pero no estás en la lista de personas autorizadas para acceder a ese departamento —dice ella sin siquiera dedicarme una mirada completa. Vaya, qué engreída; su tono gélido y la forma en que me escanea de arriba abajo me hacen sentir como una intrusa. —No puedo anunciar a nadie que no esté notificado de antemano; por seguridad. —Me dedica una sonrisa arrogante que no llega a sus ojos. —Si puede apartarse, por favor.
Sin más, vuelve a sus asuntos, ignorando mi presencia. Pero qué mujer tan atrevida. Resoplando de frustración, saco mi celular para llamar a Ethan, pero el pánico me invade al ver que la batería está en el último aliento. Rápidamente tecleo un mensaje: "Llegué". Presiono enviar justo en el instante en que la pantalla se vuelve negra.
—Mierda... —susurro para mí misma, mirando el aparato muerto. Solo me resta esperar que la señal haya salido a tiempo.
El silencio del elegante lobby me envuelve hasta que, a los pocos minutos, el suave bip del ascensor rompe la tensión. Las puertas doradas se deslizan y de ellas emerge un hombre que parece sacado de un catálogo de moda. Está en pijama, sí, pero nunca me voy a cansar de decirlo: ese hombre está como quiere, sencillamente guapísimo.
—Buenas noches, Alicia —le dice a la recepcionista con una voz profunda que llena el espacio.
—Buenas noches, Ethan —responde ella al instante, cambiando su actitud por completo. Se acomoda el chaleco del uniforme y se alisa el cabello con nerviosismo. Él la mira con una firmeza que la hace tensarse. —Buenas noches, señor D’Angelo.
Él se gira hacia mí y su expresión se suaviza en una sonrisa cálida.
—Mi reina —dice extendiendo sus brazos. Me lanzo hacia él y lo abrazo con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo. Me toma de las mejillas y me da un suave y corto beso que me devuelve la calma. Luego, mira mis maletas y levanta una ceja—. ¿Eso es todo?
—Sí, lo siento, no pude traer nada más —le digo con un nudo en la garganta, recordando todo lo que dejé atrás en aquella casa.
—No se preocupe, mi reina, mañana mismo vamos de compras.
Se acerca a mi equipaje y, mientras nos dirigimos de nuevo al ascensor, se detiene frente al mostrador.
—Alicia, no es necesario que la anuncies. Verás a esta señora muchas veces de ahora en adelante; ella puede entrar y salir cuando le plazca.
—Sí, señor —responde ella, asintiendo sumisamente mientras me lanza una mirada cargada de sorpresa.
Subimos en el ascensor de paredes espejadas hasta el último piso, el nivel que compró junto a su mejor amigo. En el trayecto, le comento que fue un poco duro con la recepcionista. Él suspira y me explica que ella se tomó atribuciones que no debía tras una noche de copas de la que él apenas tiene recuerdos, pero que ella se encargó de documentar con una foto.
Cuando las puertas se abren y entro al lujoso departamento, me quedo sin aliento. El espacio es inmenso, con ventanales que van del piso al techo y muestran las luces de la ciudad como un mar de diamantes. Es un penthouse de diseño minimalista y sofisticado, nada que ver con la pequeña casa de mis padres donde crecí. El suelo brilla tanto que siento que si camino voy a rayarlo; me da miedo incluso respirar fuerte. No tenía idea de que Ethan o su amigo manejaran tal nivel de riqueza, aunque, para ser sincera, el dinero es lo último que me importa ahora.
—Ven, mi reina, te mostraré tu habitación para que te instales y descanses.
Me guía por un pasillo iluminado tenuemente hasta una puerta doble. Al entrar, quiero llorar. La habitación parece digna de la realeza: la cama es enorme, vestida con sábanas de seda en tonos dorados y crema que invitan al descanso.
—Gracias, Ethan. De verdad, no sé qué haría sin ti.
—No tienes por qué agradecerme, haría cualquier cosa por ti —me asegura, abrazándome por la cintura para besar mi frente antes de retirarse a buscar una taza de café.
Me quedo sola y me despojo de la ropa hasta quedar en lencería. Me tumbo boca arriba en la cama, hundiéndome en el colchón mullido mientras observo el techo blanco. De pronto, la realidad de mi situación me golpea; la tristeza me invade y un par de lágrimas traicioneras escapan de mis ojos.
—No llores, mi reina, todo va a estar bien —escucho su voz. Se acuesta a mi lado y me rodea con sus brazos, brindándome el refugio que tanto necesito—. Te quiero, ¿sabes?
—Lo sé, yo también te quiero. Te has portado tan bien conmigo... Sin ti no me habría atrevido a salir de ese lugar.
—No era seguro que te quedaras ni un minuto más allí.
—Tengo miedo, Ethan.
—No tienes por qué tenerlo. Yo te voy a proteger; no voy a dejar que nada ni nadie perturbe tu tranquilidad. Y si algún día te enamoras de verdad... pues ya veremos, tendré que aprobarlo primero —dice con un tono posesivo que no logro descifrar del todo.
Suelto una pequeña risa. Desde que lo conozco es así de celoso. Es mi mejor amigo; aunque solo han pasado dos años, siento que es una conexión de toda la vida. Confío tanto en él que decidí que mi primera vez fuera suya, y sé que no pude tomar una mejor decisión.
—Sé lo que te hará sentir mejor —me susurra al oído, provocándome un escalofrío.
—¿Ah, sí? ¿Qué? —pregunto en un susurro apenas audible.
Sus labios responden por mí. Me captura en un beso cálido y tierno que me roba el poco aliento que me quedaba. Sus toques expertos y sus besos lentos son una droga a la que temo volverme adicta. Su ropa desaparece en la oscuridad de la habitación y mi lencería es despojada con una lentitud desesperante. Me dejo llevar por el placer, permitiendo que mi amigo me haga olvidar el mundo exterior.
Lo sé, no somos novios, no somos "nada" oficial, pero en momentos como este, el sexo es nuestra forma de completarnos y dejar atrás el dolor.







