La sala de espera tiene sillas azules y una planta que parece artificial pero no lo es.
Irina lleva veinte minutos en la silla del extremo, la que da a la ventana, con el celular boca abajo en las piernas y el número de turno en la mano aunque el sistema llama por nombre y no por número.
Valentina quiso acompañarla.
Irina dijo que no.
Ahora entiende por qué Valentina insistió: hay algo en esperar en una sala como esta, sola, entre mujeres con sus parejas y madres con sus hijas, que hace que la