Chantal.
La inseguridad le devoraba el alma, como una jauría salvaje que solo trae susurros desesperanzados a lo que había sido un corazón lleno de aliento. Yacía sobre su cama, sintiendo que el mullido lecho que tantas veces fue su refugio ahora la incomodaba de la peor manera. Todo se le hacía demasiado chico, todo ameritaba una queja, una razón para salir de allí e ir a buscarle.
Eran pasadas las once de la noche y él no había llegado. Intentó mantener la calma, pero le era imposible, apena