—Y lo que también quiero dejarte muy claro —dijo con voz sombría, poniéndose de pie y haciéndose a un lado para colocarse frente a ella, manteniéndola pegada al escritorio—, es que nunca debes provocarme, a menos que estés dispuesta a afrontar las consecuencias.
Sintió que su otra mano se alzaba, sintió sus dedos rozando su mandíbula, provocándole un escalofrío traicionero.
—Me aseguraste que te portarías bien —soltó de repente. Dios, ¿tenía que sonar tan entrecortada? ¿Tan desesperada? Él no s