—Lizetta... —Alan no era capaz de reconocer ni su propia voz de lo molesto que estaba—. ¿¡Qué diablos estás haciendo aquí!?
La rubia cerró la puerta tras ella y se acercó al escritorio, contoneándose, mientras Alan podía sentir que se le erizaban hasta los pelos de la nuca y no en el mejor sentido.