Diego frunció el ceño, no quería que su esposa se esforzara innecesariamente.
Con amabilidad le aconsejó:
—Querida, mejor deja que los empleados se encarguen. Ten por seguro que tendrán mucho cuidado y no dañarán el pañuelo.
Laura refunfuñó:
—Si pudiera, tampoco querría lavarlo yo misma.
Era verdad, Laura detestaba mojarse las manos.
¡Qué desagradable!
Salvo en el trabajo, era muy perezosa para todo lo demás.
Pero ya había prometido hacerlo, no podía faltar a su palabra.
Diego aún no comprendí