Adhara suspiró al dar un último vistazo a aquella habitación a la que se había acostumbrado demasiado pronto. Saber que su hermana había vivido sus últimos meses en ese lugar le provocaba una especie de apego, no quería alejarse de su olor, de ese olor que seguía viciado en las paredes. Pero debía decir adiós. Era hora de empezar a soltar y aceptar la realidad tal cual era.
Tomó su maleta entre sus manos temblorosas y cerró la puerta. Tragando saliva alzó la barbilla y se alejó con paso firme.