Después de decir eso, Nixon retrocedió y volvió a sentarse en su silla. Su rostro, antes lleno de esperanza, ahora se veía muy triste y cansado.
Ambos guardaron silencio en aquella gran oficina durante un rato. Solo se oía el suave sonido del aire acondicionado.
Finalmente, Windy rompió el silencio con una voz casi inaudible:
—Disculpe, profesor Nixon. Me voy a casa.
Sin esperar respuesta, Windy se giró de inmediato y salió de la oficina del director con pasos apresurados. El collar de oro de N