— En todos mis años de vida, nunca me he sorprendido tanto como hoy — comenta Dante, con una calma que contrasta con el peso de sus palabras.
Se reclina ligeramente hacia atrás, su rostro imperturbable.
Miguel arquea una ceja, observándolo con cautela. Conoce a Dante desde hace más de seis décadas y sabe que el Alfa no se desconcierta fácilmente.
— ¿Qué quieres decir, Dante? — pregunta Miguel, con la voz controlada.
— Tu esclava — responde Dante, con un tono firme y sin un rastro de vacilación.