La mama de Alejandra era una mujer bajita y regordeta con el pelo corto y los mismos ojos que su hija. Cuando sonreía, dos hoyitos asomaban en sus mejillas.
–Mamá...
–Deja que te vea, Alex. Qué guapa estás.
–Mamá, he venido con Marcelo. Él me ha traído hasta aquí.
Marc apareció en ese momento con la maleta en la mano y, casi sin pensarlo, Alejandra se apoyó en él. Lo hacía por instinto, como algo natural. Le había dado el poder de ser su ancla y no podía ni imaginar lo que ta