Miré a Arthur con una determinación inquebrantable.
El cheque de cincuenta millones de dólares descansaba sobre la madera pulida de la mesa de conferencias como un insulto dorado, una muestra desesperada de su intento por comprar mi silencio y el legado que mi madre había construido con lágrimas y esfuerzo.
—Agradezco la oferta, padre... Pero la empresa no está a la venta. Mamá me dejó esta empresa de buena fe, y no dejaré que masacres este negocio.
Un murmullo de asombro volvió a recorrer la