Sebastián insistió de nuevo.
Scarlett ni siquiera levantó la mirada hacia ninguno de los dos hombres que estaban subiendo el precio por ese pequeño anillo. Se recostó hacia la derecha con el codo apoyado en el brazo del sillón como una gata perezosa, sus gélidas pupilas púrpuras indiferentes, emanando un aura de reina letal. Pero pocos podían notar la ligera curva en sus labios, sabía que Sebastián quería el anillo, desesperadamente.
Estaba allí por el collar de su madre, pero al llegar supo que