La espalda de Ana ya estaba empapada de sudor.
—S— señor Peralta…
Podía gritarle a Belén con facilidad, pero no se atrevía a gritarle a Daniel, quien retiró el brazo y anunció con frialdad:
—¡Sé que mucha gente se muere por conseguir mi tarjeta de presentación! Así que nunca he visto a alguien desecharla como si fuera basura, señorita García, ¿estás tan resentida conmigo?
Sus ojos se entrecerraron en un estado de conmoción, tragó saliva apresuradamente y pudo hablar.
—N—no, es porque Belén