Punto de vista de Elara
Mateo me observaba de cerca, como un sabueso olfateando secretos. Tenía el ceño tan fruncido que parecía que alguien acababa de insultar la sazón de su abuela.
—¿Estás bien? —preguntó—. Te ves... sosa.
Solté una carcajada. —¿Sosa?
—Sí —asintió él con un tic en los labios—, como una cuchara oxidada.
—¿Una cuchara qué...? —me quedé boquiabierta.
—Ya sabes, no tiene filo, pero está doblada, triste y sin usar. Básicamente, una cuchara con la que ya nadie quiere remover