Punto de vista de Elara
Regresamos al gran salón de la casa de la manada y las puertas se abrieron como las puertas del cielo. En el interior, el lugar todavía estaba congelado en esa incómoda quietud posterior al caos.
Había aperitivos a medio comer en bandejas de plata, una copa de champán se tambaleaba peligrosamente cerca del codo de una dama de honor y el velo de alguien colgaba de una lámpara de araña. Nadie se atrevía a hablar más fuerte que un susurro. Entonces, mi no-tan-orgulloso p