Capítulo 3

¿Su hijo? ¿Eso quiere decir que…? ¡Dios mío! ¡Jacob Harris es el cliente que mencionó el abogado! ¡Usaron su semen en mí y yo… yo espero un hijo suyo!

—Esto no… Él no va a… —balbuceé sin poder completar la frase. Me sentí mareada, todo daba vueltas a mi alrededor y mi respiración comenzó a verse comprometida, apenas podía respirar, estaba teniendo un ataque de pánico, no me había sucedido en años. Mi cuerpo sucumbió a temblores involuntarios, menoscabando mi fuerza, e Intenté llegar hasta la mesa, pero solo logré tambalearme de un lado al otro.

—Te tengo —susurró Jacob, sujetándome de la cintura.

—Suélteme —impuse altanera, empleando la poca reserva de energía que me restaba. No quería que me socorriera de ninguna manera, no tenía tal derecho.

—No seas terca, Ava. Evito que te hagas daño —reprochó cargándome en sus brazos. Pero no fui capaz de protestar ni de luchar, me había quedado sin fuerzas. Me pesaba el cuerpo, también los párpados, y comencé a caer en un estado de letanía que me hizo vagar entre la conciencia y la inconciencia—. Ava ¿me escuchas? —La voz de Jacob se oía como un murmullo lejano, mas sabía que seguía en sus brazos—. ¡Joder! ¡Sara, haz algo! ¡Ayúdala! —Le gritó a la doctora, usando su nombre de pila como si la conociera. ¿Es así? ¿Por eso supo antes que yo lo que había pasado?, me pregunté, en tanto luchaba en vano por abrir los ojos.

—No puedo examinarla aquí, Jacob, tenemos que llevarla a mi consultorio. —Le contestó nerviosa, tuteándolo también.

¡Se conocen, ya no que queda duda!

Él se puso en marcha enseguida y escuché el ding del ascensor cuando las puertas se abrieron, aunque lo percibí como un eco, porque cada segundo que transcurría, me alejaba más de la lucidez.

 —¿Ves lo que provocaste? Siempre eres tan intransigente. Te pedí que no intervinieras y te apareces aquí…

—No es momento para sermones, solo… céntrate en ella ¿sí? Asegúrate de que esté bien y… —Es lo último que alcancé a comprender, las voces se fueron transformando en susurros ininteligibles hasta que dejé de escuchar algo en absoluto.

***

Recobré la conciencia con una sensación de cansancio y aturdimiento. Los párpados me pesaban y me costaba abrir los ojos. ¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó? Cuestioné mientras seguía intentando que mis párpados se movieran. No lo lograba. Cuanto más intentaba, más difícil era. Escuché voces a mi alrededor, pero no distinguí las palabras. También percibí un sonido molesto, un pitido constante y repetitivo.

—¿Por qué no ha despertado? —preguntó un hombre con un tono de preocupación, lo escuché claramente. Tomó mi mano entre la suya y me acarició el dorso con el dedo pulgar con un gesto cariñoso.

¿Quién es?

—No lo sé, Jacob. Sus signos vitales son estables, debería estar volviendo en sí en cualquier momento —contestó una mujer con voz dulce.

¿Jacob? ¿Quién es Jacob?

Hice memoria durante unos minutos y me sobresalté cuando los recuerdos llegaron a mi mente a mansalva.

—No me toque —exigí con un grito ahogado y abrí los ojos de súbito, deslizando mi mano fuera de la suya.

—Ve afuera, Jacob —instó la doctora Miller con impaciencia, situándose a mi derecha.

—No hasta saber si se encuentra bien —interpuso Harris con obstinación.

—No es su problema como esté. ¡Váyase! No lo quiero cerca de mí. —Le grité embravecida—. Y a usted tampoco —sentencié mirando a la doctora Miller—. ¡Salgan los dos, déjenme sola!

—Me iré ¿está bien? —dijo Harris con mesura. Lo miré con desdén—, pero permite que Sara te examine, por favor.

—¿Sara? ¿Jacob? ¿Ustedes se conocen? —pregunté con el ceño fruncido, tratando de incorporarme de la cama, pero mi estado de salud me lo impidió. Aún me sentía mareada y débil. Harris le dio una rápida mirada a la doctora, tragó saliva y luego reveló que eran hermanos—. ¡Oh, Jesús! —expresé indignada, entre tanto, un pensamiento se tejió rápidamente en mi cabeza—. ¿Ustedes planearon esto?

—No —respondieron a la vez.

—Pero tú le dijiste a él lo que pasó, violentaste la privacidad médico/paciente al hacerlo y eso incurre en un delito grave —bramé alterada.

—No, ella no cometió ningún delito. Puedo explicarte lo que pasó —intervino Harris, defendiéndola.

—¡No me interesa lo que tenga para decirme! ¡Quiero que se aleje de mí! —Mi pulso se aceleró a consecuencia de los feroces pálpitos de mi corazón y se me dificultaba respirar. Hiperventilaba.

—Ava, tienes que calmarte ¿sí? Intenta respirar. Inhala, exhala —pidió Miller mientras me tomaba el brazo y lo extendía hacia ella. Tenía una jeringa en la mano.

—¡No! ¿Qué piensa hacer? ¡Suélteme! —grité, intentando zafar mi brazo de su agarre.

—Sara, déjala. —Le instó su hermano alzando la voz.

—Tengo que hacerlo, es lo mejor para ella y para el bebé —murmuró antes de inyectar el contenido de la jeringa en mi brazo.

—No me… no me lo vas a quitar —balbuceé antes de perder la conciencia.

 Cuando volví a despertar, no supe cuánto tiempo después, me vi sola en una habitación. Me incorporé de la cama y ponderé mi estado de salud actual. Me sentía bien, el mareo ya se había desvanecido y contaba con la fuerza suficiente para irme. Me desconecté del monitor de signos vitales y me bajé de la cama en busca de mis zapatos, quería salir de ese lugar lo más pronto posible. Los hallé en el cajón inferior de una mesita, donde también estaba mi bolso.

Me estaba calzando los pies cuando abrieron la puerta. Miré por encima de hombro, con el corazón desbocado, y vi a Harris de pie en el umbral. Se había quitado la chaqueta y la corbata, solo llevaba la camisa. Tenía el cabello desordenado y el rostro desencajado.

—No deberías estar levantada —dijo aproximándose hacia mí.

—Ni un paso más —le advertí señalándolo con el dedo—. No crea ni por un momento que soy una mujer frágil. Lo que vio, solo fue un momento de debilidad, pero ya me recuperé y no volverá a suceder. —Ya tenía los zapatos puestos para cuando terminé la frase—. Y sepa que lo que usted y su hermana hicieron conmigo no va a quedar impune.

—Sara no hizo nada, ella no es responsable por…

—¡Me sedó sin mi consentimiento! —señalé interrumpiéndolo.

—Ya veo —murmuró con un asentimiento—. Ella me explicó que tenías mucho estrés y que eso ponía en riesgo a nuestro… —Hizo una pausa y se aclaró la garganta de forma audible—, que en tu estado, era perjudicial.

—Aléjese de mí, le prohíbo que me dirija la palabra. De ahora en adelante, cualquier comunicación que quiera tener conmigo, será a través de mi abogado —sentencié con total seguridad. Defendería con garras y dientes mis derechos, no permitiría que ni él –con todo el poder que le confería su investidura– ni nadie, los cercenara. Tuve un momento de debilidad, solo eso, pero no volvería a pasar.

—No es necesario que involucremos a terceros en algo que podemos arreglar entre los dos —convino dando un paso hacia mí. Sus ojos color avellana me mostraba un sinfín de emociones que, a simple vista, no pude comprender, no lo conocía como para hacerlo—. Vamos a tener un bebé, Ava. Ese pequeño ser que se está formando en tu vientre es nuestro hijo. ¿Podemos hacer esto juntos, sin peleas, sin involucrar a la ley? —preguntó mirándome con esperanza.

Se me hizo un nudo en la garganta y otro en el estómago. ¡Dijo nuestro hijo! Era más de lo que estaba preparada para afrontar en ese momento. Hasta hacía unas horas, creía que era solo mío, que no tendría que compartirlo, y después… todo era tan confuso y abrumador.

—Piénsalo. —Introdujo su mano derecha en el bolsillo de su pantalón, sacó una tarjeta y me la tendió—. Aquí está mi número, llámame cuando tomes una decisión.

—No debería tener que tomar una —siseé entre dientes y pasé por su lado, dejándolo con la mano extendida.

—Cuídate, Ava, llevas a nuestro hijo contigo —dijo cuando estaba por salir.

—Mi hijo —repliqué y cerré la puerta con un azote. Era increíble lo rápido que ese hombre me alteraba.

Sin esperar ni un segundo, me dirigí a toda prisa hacia la salida del infierno, porque eso era lo que me habían hecho pasar ese día, un maldito infierno.

“La mejor clínica de fertilización de Chicago” ¡Ja! ¿Cómo será la peor entonces?

—¡Ava, espera! —gritó Sara detrás de mí, pero en lugar de detenerme, caminé más rápido—. Jacob es un buen hombre, dale una oportunidad —dijo, abogando a favor de su hermano. No esperaba menos. ¿Pero cómo creía que podía confiar en su palabra después de lo que me hizo?

Cuando llegué a la salida, un hombre uniformado me saludó con un ademán y me abrió la puerta. Le di las gracias y abandoné la sucursal del infierno en la tierra, sin mirar atrás. Me subí a mi vehículo, lo encendí y me fui. Pero el auto se apagó repentinamente varias calles después. Intenté encenderlo una y otra vez hasta que finalmente acepté que se había averiado.

Busqué mi teléfono en mi bolso y no me sorprendió tener más de veinte llamadas sin contestar, un montón mensajes de texto y más de cien notificaciones de W******p. Eran casi las seis, había estado desaparecida durante más de diez horas, algo que rara vez –por no decir nunca– hacía. La única con la que me comuniqué fue con mi secretaria y solo le escribí que llegaría tarde. Ignoré todas las notificaciones y marqué el número de servicio de asistencia vial, no tenía ninguna noción de mecánica y no había nadie a quien pudiera llamar para que me auxiliara. La operadora había comenzado a enumerar opciones cuando escuché dos golpes en el cristal de mi puerta. Miré a un lado y me sorprendió ver a Jacob Harris junto a la ventanilla. ¿Me estaba siguiendo? Fue lo primero que se vino a la mente. No estaba en una vía principal como para que me viera.

—Ava ¿está todo bien? —preguntó en tono preocupado.

No le respondí nada, estaba ocupada escuchando las opciones de la operadora.

estaba desabotonándose la camisa.

¿Qué es lo que está haciendo? ¡Se está desvistiendo en plena vía pública! ¿Ha perdido el juicio? Pensé cuando comenzó a quitarse la camisa delante de mis narices. Debajo, llevaba una camiseta blanca sin mangas que me dejó apreciar sus brazos delgados, pero con músculos definidos; sus hombros anchos y las ondulaciones que marcaban sus pectorales. Jamás hubiera pensando que se veía así, Harris debía tener unos… cuarenta y tantos, con un cuerpo de mucho menos.

—Abre el capó —ordenó con una sonrisa ladina dibujada en el rostro.

¿Será que se dio cuenta de que lo veía? Seguro sí, el vidrio delantero no es tan oscuro como los laterales. Y yo que no hice ningún esfuerzo por disimular lo bien que me la estaba pasando, inspeccionando su anatomía.

¡Jesús! ¡Me muero de la vergüenza! Ahora él va a pensar que me gusta, aunque me gusta, tendría que ser ciega para que no fuera así. Además de atractivo, está para bañarlo en miel y lamerlo lentamente, o mejor en helado con sirope de fresas y…

¡Y nada! Él no puede atraerme de esa forma, lo detesto.

—No. —Le espeté y negué con la cabeza, no lo necesitaba. Volví a marcar el número de ayuda vial, porque había perdido la llamada por andar distraída con el Juez sin juicio, y escuché atenta las opciones mientras Harris me miraba con cara de pocos amigos, parecía disgustado, algo que me importaba muy poco.

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo