Pasaron varias semanas en las que Helena se acostumbró a recibir la visita de Sebastián de vez en cuando en el horario del almuerzo de su empresa. Ella lo esperaba con una rica comida casera que el CEO comía con devoción. Hasta había comenzado a notar cómo las mejillas de su jefe habían tomado con más color y hasta había subido un poco de peso, como si de repente hubiese recuperado un pedazo de vida que le faltaba, como si a su corazón de hielo solo hubiese necesitado todo ese tiempo una inyecc