“Sí, por favor,” responde ella, mirándome con cansancio.
Me agacho y la levanto. La abrazo cerca de mi pecho y empiezo a caminar.
“Dije que necesitaba ayuda para levantarme, no para que me llevaran en brazos”, argumenta, pero le falta la energía habitual. Eso demuestra lo agotada que estaba.
No respondo. Simplemente la abrazo más cerca de mí. Se siente bien tenerla así en mis brazos, como si todo en el maldito universo se estuviera alineando. Si pudiera quedarme así para siempre, sería un de