—No te muevas. — La fría voz del hombre resonó en los oídos de Diana, una y otra vez sin cesar.
En ese reducido espacio, aunque quisiera moverse, no tenía mucho margen de maniobra. Justo cuando consideraba que si en ese momento le daba un golpe con la rodilla no se podría considerar una falta de gratitud, Valentín dijo con firmeza:
—¿No te dije que no te movieras y mantuvieras la presión en la herida?
Valentín ya había tomado el pañuelo de su mano y lo presionó él mismo contra la herida en su cu