31. La luna llena
Isabel vuelve abrir sus ojos con algo de dificultad, pero en esa ocasión no vio la luna ni el cielo, solo pudo observar el suelo mohoso, cubierto por fango.
Aquel lugar apestaba mucho, la joven frunce el ceño y es cuando alza la mirada para ver donde estaba.
Pero al hacerlo se percata de que sus muñecas estaban encadenadas a un par de grilletes, ella ensancha la mirada.
—¡¿Qué?! —musita estirando los grilletes, las cadenas estaban unidas a la pared —. Pero ¿Por qué? ¿Por qué estoy encadenada?