Dos semanas habían pasado desde aquella noche en el penthouse.
Dos semanas de citas espontáneas, risas por absolutamente cualquier cosa y de descubrirnos como pareja.
Holden se destacaba como siempre: siendo atento, detallista, incluso casi empalagoso. Me llenaba de regalos que yo rechazaba y él insistía en darme. También me llevaba a restaurantes que nunca había visitado y a varios de nuestros lugares favoritos. Pero lo más memorable de todo era cuando estábamos completamente solos, cuando la