¿Y ahora qué?
¿Debería correr?
¿Irme?
¿Lanzarme desde el ventanal?
Ninguna de esas ideas era suficiente para ocultar el enorme nerviosismo por lo que acababa de pasar.
Holden se había quedado completamente quieto. Sus ojos, antes llenos de furia, se habían quedado en blanco, sin dejar de mirarme ni una sola vez.
Como si mi confesión se la hubiera dicho en un idioma diferente al que él conocía.
—¿Qué? —volvió a susurrar, su rostro cada vez más pálido.
Oh, vaya... Quizás no debí haber dicho eso.