Capítulo 17 — Es práctica.

—¡Te daré una patada en las…!

No tuve tiempo de terminar aquella frase, ya que la puerta se abrió un poco más y fui capaz de ver su estúpida sonrisa de demonio. Yo, todavía sosteniendo la toalla contra mi pecho, intenté alcanzarlo con la otra, pero él lo alzó por encima de su cabeza y retrocedió un poco más.

¡Tienes que estar bromeando, Somerset!

—Vamos, Adara. Sal a buscarlo... Quiero ver qué tanto lo deseas.

—¡Eres un idiota!

—Y tú estás en toalla. Considéralo un empate.

Con un gruñido de frustración, salí del baño, ajustando la toalla alrededor de mi cuerpo y con ganas de romperle el cuello. Él se quedó quieto al verme salir por completo, y su sonrisa se desvaneció de golpe. Sus ojos verdes comenzaron a recorrerme de arriba abajo, y muy lentamente, sin bajar la mano que sostenía mi sostén.

—Mierda —lo escuché murmurar, su voz volviéndose repentinamente ronca—. Siempre supe que estabas escondiendo un buen cuerpo bajo todas esas asquerosas sudaderas, pero… maldición, Adara.

Oh.

La manera tan intensa en la que me había dicho ese elogio me hizo arder por dentro, pero no de rabia. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y no por mi taquicardia, sino por algo completamente diferente... Y eso estaba comenzando a aterrarme.

—Dámelo —le pedí de nuevo, pero con mucha menos convicción.

—Ven a buscarlo.

Casi de forma automática, di un paso hacia él, estirando mi brazo y de nuevo, él retrocedió, manteniéndolo fuera de mi alcance.

Con la frustración volviendo a apoderarse de mi cuerpo, comencé a brincar, tratando de arrebatárselo, y causando que comenzara a reírse sin parar, bajándolo solo para volver a subirlo.

Era un juego tonto e infantil, pero la proximidad que estábamos teniendo y el hecho de que solo una fina toalla nos separaba, la cual se rozaba contra su pecho cada vez que saltaba... Hizo que todo comenzara a cambiar entre los dos.

—¡Holden, basta! —protesté, saltando de nuevo, pero él no me hizo caso y se rió más fuerte.

Pero esta vez, cuando aterricé, mi pie se enredó en la esquina de la alfombra, lo cual me hizo dar un traspié, cayendo hacia adelante, directo contra su pecho. Holden, quien también estaba distraído con el juego, perdió el equilibrio y, sin poder evitarlo, ambos caímos sobre la cama, con un sonido sordo que me hizo pensar que habíamos roto el colchón.

¡Mierda!

Me quedé paralizada, encima de él, con la toalla apenas manteniendo su posición y presionando con fuerza sobre su pecho. Su cuerpo era una fortaleza dura y caliente que envolvió el mío casi de inmediato. Nuestras respiraciones se entrecortaron y ni siquiera me importó cuando el sostén cayó de su mano a un lado de la cama.

El silencio nos envolvió y la habitación se sintió demasiado caliente de pronto. Estando así, podía sentir cada latido de su corazón contra mi pecho, o tal vez era el mío, salvaje y descontrolado cada vez que algo lo afectaba.

Y entonces su mirada bajó, recorriendo la línea donde la toalla se juntaba entre mis senos, para después volver a verme, pero ahora con una intensidad que nunca antes le había visto.

Joder…

Con una lentitud que se sintió como estar en un sueño, él alzó una mano. Sin pedir permiso, su dedo tocó el borde superior de la toalla, justo donde empezaba mi piel y comenzó a delinearlo, logrando que me estremeciera simplemente con ese toque.

—Eres tan hermosa, Adara —susurró, y mi corazón comenzó a bombear con más fuerza—. De verdad que lo eres.

Mi boca estaba sellada, no era capaz de decir ni una sola palabra. De pronto su mirada se fijó en mis labios y todo mi mundo se redujo a ese punto.

Las cosas dejaron de importarme.

No razoné, ni tampoco debatí.

Simplemente esperé.

Entonces Holden terminó de cerrar la distancia y yo cerré los ojos de golpe.

Me había besado.

Y este beso no fue como el de la cocina. Esta vez fue lento y exploratorio, como si le estuviera haciendo una pregunta a mis labios, intentando descifrarlos.

Su mano se entrelazó en mi cabello, tirando suavemente para inclinar mi cabeza y profundizar el contacto, cosa que permití, sin saber por qué. Un gemido ahogado se escapó de mi garganta, lo cual lo hizo profundizar un poco más.

El beso sabía a menta y a Holden, pero muy por encima de eso, sabía a peligro y a algo tan dulce que me dolió admitirlo.

Nos separamos apenas un centímetro, ambos jadeando y con los ojos dilatados.

¿Qué m****a acababa de pasar?

—¿Qué… qué estamos haciendo? —logré preguntarle. Mi voz apenas y se podía escuchar.

Él me miró, su respiración aún agitada, y se encogió de hombros, un gesto que lo hizo ver extrañamente vulnerable.

Nunca antes lo había visto así.

—Practicando —murmuró, su aliento caliente en mis labios—. Para hacer que esto… sea más creíble. Necesitamos mucha práctica, ¿no crees?

Eso fue todo lo que necesité.

Sin importar qué tan absurdo sonara aquello, decidí tomarlo como una certeza absoluta, cerré los ojos y volví a besarlo. Esta vez con menos timidez y con mucha más hambre.

Su brazo me rodeó la cintura al instante, apretándome contra su cuerpo y un fuego que me consumió por dentro comenzó a concentrarse en mi vientre.

Mmm, pero qué bien se siente esto.

Estábamos en el mejor momento, explorando la boca del otro y su mano comenzando a deslizarse por mi espalda, bajando la toalla, cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe, haciendo que nos detuviéramos.

—Adara, mamá pregunta que si ya estás... ¡Oh, Dios!

Amira se congeló en el umbral y sus ojos se abrieron como platos, visualizando toda la escena. A mí encima de Holden, con la toalla abajo, nuestros labios hinchados y separados apenas por unos milímetros.

Intenté quitarme de encima, pero Holden no me soltó. En cambio, giró la cabeza hacia la puerta, mirándola con una irritación perfectamente justificada.

Debimos cerrar con llave.

—Amira, cuñada —soltó, con un tono que intentaba ocultar lo frustrado que estaba—. ¿En la familia de tu prometido también es normal entrar sin tocar a las habitaciones de los demás, o es un talento exclusivamente tuyo?

Ella palideció, como si estuviera avergonzada, pero luego enrojeció de furia.

Aquí vamos de nuevo…

—¡Son unos asquerosos! —escupió con acidez, y se dio la vuelta, dando un portazo que hizo temblar los cuadros de la pared, dejándonos solos una vez más.

Pero el hechizo que se había apoderado de nuestros cuerpos ya se había roto.

Intenté levantarme, pero Holden me sostuvo un momento más. Supongo que para hacer el momento menos incómodo.

Habíamos perdido el control.

—Tranquila —susurró en mi oído y yo cerré los ojos—. Ya se fue.

Nos quedamos así unos segundos más y luego me dejó ir.

Por supuesto que me levanté como si su cuerpo me hubiera quemado, colocándome la toalla en su lugar con dedos temblorosos y ojos preocupados.

¿Y ahora qué?

—Anda, ve a cambiarte —me dijo él, incorporándose también y pasándose una mano por el cabello. Su voz estaba extrañamente tensa y lucía tan afectado como yo—. Nos queda poco tiempo.

Y no lo culpaba.

En todos estos años de amistad, jamás habíamos hecho algo como eso. Ni remotamente parecido.

—Sí —respondí, sin mirarlo—. Tienes razón.

Tomé mi sostén de la cama, me apresuré al baño y cerré la puerta, esta vez con llave.

Me apoyé contra ella, llevando una mano a mi pecho. Mi corazón resonaba sin control contra mis costillas, un ritmo rápido y desordenado que no tenía nada que ver con mi enfermedad, pero sí todo que ver con él.

Es práctica.

Solo práctica, Adara... Además es Holden, no debería ser raro. Solo ignóralo y ya está.

Pero mi cuerpo, todavía tembloroso y caliente por lo que acababa de vivir, no parecía estar de acuerdo con mi mente.

Y lo peor era que, en medio del caos entre mi corazón y mi razón, no podía dejar de pensar en el sabor de sus labios y en lo mucho que quería volver a sentirlos.

Estoy loca... No hay otra explicación.

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