—De nuevo tienes el ceño fruncido. —Helena como siempre, llenó el espacio del despacho con su sola presencia. Y es que ella era como el sol en un nublado día de verano, aparecía y los colores se volvían brillantes, como si todo a su alrededor simplemente cobrara vida.
Helena era apenas seis años menor que él. Era la bebé de la familia, la luz de los ojos de su padre, y de él también, pues la adoraba desde el momento en que su madre volvió a casa con ella entre sus brazos. Para Isabella, un año