—Buenos días, señorita Amanda —saludó el joven con una sonrisa.
Amanda, aferrándose a la puerta, se sorprendió al ver al conductor de Rowán.
—Buenos días. ¿Qué pasa? ¿Por qué estás aquí? —preguntó Amanda con impaciencia.
—El señor Rowán dijo que debía llevarla al trabajo —respondió él, todavía sonriendo.
—¿Qué? ¿Por qué? —insistió Amanda.
—No me dio ninguna razón. Solo sigo sus instrucciones —contestó el joven.
—Por favor, váyase —dijo Amanda con firmeza.
—Sabe que no puedo hacer eso, señorita A