Después de tocar un par de veces, la puerta se abrió lentamente. Una anciana apareció frente a Adriel, con el rostro reflejando una vida llena de cicatrices. Vestía ropa gastada y ajada, como si fuera lo único que tenía para cubrirse del frío y la adversidad. A pesar de todo, había un aire de dignidad en su mirada. Su expresión transmitía desconfianza, pero sus ojos cansados reflejaban una curiosidad genuina. Los años le habían enseñado a ser cautelosa y a protegerse del mundo exterior.
—Buenas