Varias horas antes, Silas y Falcon ultimaban el plan que sumiría a Portclair en caos.
Un viejo almacén en la zona portuaria permanecía envuelto en un silencio opresivo. Las luces tenues que colgaban del techo proyectaban un resplandor amarillento sobre el suelo de concreto. En medio del lugar, varios hombres de aspecto feroz hacían guardia en silencio.
Nadie hablaba, ya que ninguno se atrevía a romper el silencio antes de que el hombre parado al fondo del recinto diera sus órdenes.
Silas observa